Cuando la confusión cultural se convierte en ley: Lo que está en juego con el HB 300 en Pensilvania

Cada generación enfrenta momentos en los que la confusión cultural deja de ser solo un debate y comienza a convertirse en política pública. Cuando eso sucede, la claridad es esencial, no por intereses partidistas, sino por el bien de la verdad y de nuestras comunidades.
En Pensilvania, el proyecto de ley HB 300 propone enmendar la Ley de Relaciones Humanas para añadir la “orientación sexual” y la “identidad o expresión de género” como clases protegidas en el empleo, la vivienda y los espacios públicos. Se presenta como una medida de equidad. Pero define “identidad o expresión de género” como identidad o expresión independientemente del sexo biológico.
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Esa definición no es menor ni técnica. Establece en la ley que la identidad auto-declarada tiene prioridad sobre la realidad biológica. Y esto tiene consecuencias concretas y dañinas.
La Ley de Relaciones Humanas regula el empleo y los espacios públicos. Por lo tanto, el HB 300 impacta directamente a iglesias, escuelas cristianas y ministerios basados en la fe.
Una preocupación clave es la contratación religiosa. Las iglesias y escuelas cristianas dependen de protecciones constitucionales que les permiten contratar maestros o personal que comparta y defienda sus creencias doctrinales, especialmente en funciones ministeriales. Sin embargo, esas protecciones dependen en gran medida de cómo se definan y apliquen términos como “organización religiosa” o “acomodación pública”. Las definiciones importan porque determinan cómo se evaluarán las políticas internas de empleo de una iglesia o escuela cristiana.
No se trata de una discusión abstracta. Se trata de si las iglesias y comunidades de fe podrán operar de acuerdo con sus convicciones sin enfrentar sanciones legales.
El HB 300 también se cruza con el debate sobre los deportes femeninos. En términos prácticos, un voto a favor del HB 300 crea el marco legal que obliga a tratar cuerpos masculinos como femeninos para fines de acceso y participación, incluyendo deportes y vestidores de niñas.
Esta redefinición de la biología no afectará solo a las escuelas públicas. También alcanzará a las escuelas cristianas, sean evangélicas o católicas. Y, en última instancia, afecta a las adolescentes que buscan privacidad y competencia justa en sus deportes.
Estas ideas no permanecen en el ámbito del discurso teórico. Se convierten en política estatal. Y la política moldea las escuelas, los ministerios y la vida cotidiana de las familias. La iglesia tiene que alzar la voz en este proceso.
Podemos afirmar la dignidad de toda persona creada a imagen de Dios y, al mismo tiempo, negarnos a afirmar algo que contradice el orden creado de acuerdo a Génesis. Estas dos convicciones no están en conflicto. Bíblicamente, van juntas.
Este es un momento para hablar con claridad y respeto. Porque cuando la confusión cultural se convierte en ley, sus efectos no son teóricos —son reales, dañinos, y duraderos.
Roberto Albino es Coordinador de Alcance del Church Ambassador Network en el Pennsylvania Family Institute. También sirve como pastor asistente en Central Assembly of God en Bethlehem y lidera la Coalición Republicana Hispana de Pensilvania, movilizando a líderes de fe y a la comunidad latina en defensa de la vida, la familia y los valores bíblicos.